Pensar es más interesante que saber, pero menos interesante que mirar.
Johann Wolfgang Goethe

viernes, 28 de enero de 2011

Biutiful, crítica de Luis García Orso s.j.



Alejandro González Iñárritu (México, 1963), ya sin Guillermo Arriaga, guionista en sus tres filmes anteriores, nos cuenta esta dolorosa y excesiva historia sobre dos realidades tan queridas para el director: el vínculo de padres e hijos y la muerte.
Uxbal (extraordinaria actuación de Javier Bardem, Palma en Cannes 2010), papá de un niñito y una adolescente, es diagnosticado con cáncer terminal. La nueva situación removerá el peso de sus afectos, de su responsabilidad paterna, de sus culpas, sus recuerdos, sus tristezas, sus rabias, sus deseos. Uxbal quiere dar el paso hacia el encuentro con su padre muerto en el exilio mexicano, y a quien no conoció, pero -al mismo tiempo- Uxbal sufre la inminente separación de sus hijos, que traerá su muerte, y la angustia de lo que sucederá con ellos.
Intermediario entre los vivos y los muertos, para ofrecer a los familiares de los difuntos un consuelo y una esperanza, Uxbal luchará por hallar una esperanza para él mismo y los suyos al vivir en el límite de ese tránsito, en un techo que se va llenando de mariposas negras y el paisaje en un bosque abierto cubierto de blanco. Iñárritu se atreve a narrar este viaje espiritual hacia la muerte que ningún ser humano puede obviar, y afronta en el personaje de Uxbal la dolorosa contradicción entre aceptar la muerte y negarse a ella si ésta no es salvación para los suyos, para sus hijos. La hondura espiritual de Uxbal está en que ya no puede pensar en sí mismo sino en los otros.

El director mexicano sitúa su historia en una Barcelona totalmente distante de aquella visitada por tantos turistas en búsqueda de Gaudí y del bullicio de las Ramblas, para acercarnos a un punto de encuentro de inmigrantes africanos, chinos, rumanos, que también dolorosamente y de muchas maneras luchan entre la vida y la muerte. Uxbal estará ahí igualmente como intermediario, para ellos. Pero el proceso tan hondo y doloroso de la historia filmada se pierde en medio de muchas subtramas y de muchos personajes, a quienes no podemos seguir, y de una excesiva mostración de todos los males y todas las miserias, que terminan por distanciarnos de la narración y dejar débil el vínculo de comunión y de esperanza entre padres e hijos que el director desea hacernos experimentar.

Por ello recomiendo al espectador no pedir más de esos personajes laterales y más bien acompañar a Uxbal en ese peregrinar doloroso por sombríos callejones, rincones, cuartos, antros, de una Barcelona que no conocemos (y que nos acerca la extraordinaria fotografía de Rodrigo Prieto), para vivir la contradicción tan humana entre el peso de una realidad que nos agobia día con día y el deseo esperanzado que nada ni nadie nos puede arrebatar, ni siquiera la muerte. “¿Qué hay ahí?”, ¿qué hay del otro lado, más allá?... La secuencia última del filme resume esa tensión entre la oscuridad cotidiana y la luz de la esperanza, en la sonrisa del protagonista y el encuentro con el padre; en esa comunión amorosa que permite dar el paso final.


Luis García Orso, S.J.
México, Enero 13 de 2011